Hoy nos hemos levantado con la noticia de que ha ocurrido un descubrimiento de trascendental importancia para la historia del arte en el museo de El Prado. Se ha identificado un cuadro que se estaba restaurando en las dependencias del museo como obra de Pieter Bruegel el Viejo, el nuevo Bosco, como se le consideraba en su época, figura capital de la pintura flamenca del siglo XVI.
El vino en la fiesta de San Martín, que así es como se llama el cuadro, es una obra singular “tanto por su temática como por la forma en que Bruegel resolvió su composición, lo que sumado al hecho del escaso número de obras autógrafas del artista que se conservan (cuarenta hasta el momento de esta identificación), concede a su descubrimiento un carácter de extraordinaria y excepcional importancia y de interés internacional” argumenta El Prado.
Para informarme algo más del cuadro he ido directamente a la web de El Prado donde tienes la ocasión de poder observarlo detenidamente.
La verdad es que es curioso el cuadro, sobre todo lo que a simple vista, sin conocer absolutamente nada del artista y de la época, manifiesta.
Es obvio que las personas reflejadas en el cuadro están en algún tipo de celebración, más bien parece una fiesta profana. Y aunque en el lado derecho aparece la figura de un personaje impoluto, solemne, montando en su caballo, con personas que le siguen a modo de súplica de piedad, la visión se centra en la actuación enfervorizada de la plebe frente a un depósito almacén, que en un principio no tenemos idea de lo que es, sí que es un líquido, pero observando las consecuencias de su “prolongado consumo” (margen izquierda) nos podemos dar cuenta de que desde luego es una bebida con contenido alcohólico.
Muchas posibilidades no hay, vino, cerveza y como mucho whisky, aunque por el tipo de depósito no lo creo.
He querido curiosear un poquito, y al hacer un zoom he podido observar y analizar el comportamiento, la actitud y disposición de los asistentes a la fiesta. Enloquecidos unos beben sin cesar desde jarrones y sin perder el tiempo en bajarse del depósito, otros que no disponen de tan conveniente utensilio encuentran solución en sus sombreros. Se suben a la tina, a las dos vigas de madera existentes, y hasta hay una iniciativa grupal para formar un torre.
Unos bailan, otros se pelean, otros vomitan y alguno tirado en el suelo. Las consecuencias comienzan a evidenciarse.
Está claro y queda reflejado en esta obra maestra los estragos que el consumo de alcohol, desmesurado y sin moderación pueden hacer en el organismo.
El vino sólo se disfruta con moderación
En esta sarga se representa la fiesta del vino de San Martín. El 11 de noviembre, festividad del santo, se comía la oca de San Martín –coincidiendo con la matanza de otoño- y se degustaba el primer vino de la nueva estación, denominado vino de San Martín. Precisamente la coincidencia de la fiesta con el fin de la vendimia, en pleno otoño, asociaba con las celebraciones del santo una distribución de vino al pueblo, que tenía lugar fuera de las puertas de la ciudad. De esta manera, pese a la presencia de san Martín partiendo su capa a la derecha, no es un cuadro religioso ni una obra de devoción, aunque tampoco una escena de género. Lo que centra la representación es la celebración de la fiesta dedicada al santo tal como tenía lugar en Flandes y en los países germánicos en esa época, casi una bacanal, preludio del carnaval en los meses de invierno, y que tiene como precedente iconográfico una composición del Bosco conocida por un tapiz en las colecciones de Patrimonio Nacional2. Es manifiesta en esta obra la tensión irónica entre la caridad de san Martín –vestido como un caballero a la moda desde el siglo XV- y los excesos de la fiesta que lleva su nombre.
Avanzado el otoño, con muchos árboles sin hojas, fuera de la puerta de la ciudad –arquitectura que recuerda la Puerta de Hal de Bruselas- y próximo a las casas de la campiña, se ha dispuesto en el centro un enorme tonel de vino, que Bruegel pinta de rojo, sobre un andamio de madera. En torno a él se amontonan personajes de muy distinta condición: hombres -jóvenes y viejos- y también mujeres -algunas con niños-, campesinos, mendigos, y ladrones, todos tratando de obtener la mayor cantidad posible de vino. Mientras algunos que han conseguido llenar sus recipientes tienen ya sus pies en el suelo, otros, en su intento por lograrlo, se abrazan a las vigas, se tumban sobre el tonel o se inclinan con evidente riesgo de caer para recoger un chorro del vino que sale del tonel en toda clase de recipientes, sin excluir sombreros o zapatos. El efecto que logra Bruegel, que hace gala de su enorme maestría a la hora de componer y lograr encajar a todas las figuras –en torno a cien-, es el de una montaña formada por una humanidad que se deja llevar por la gula, una especie de Torre de Babel compuesta por bebedores. De forma intencionada, Bruegel opone el círculo que conforma el grupo central en torno al tonel de vino con la disposición piramidal, mucho más estable, del grupo en el que se reproduce la caridad de san Martín, a la derecha. La composición se completa en el lado opuesto, a la izquierda de la sarga, con las figuras que se dejan llevar por los efectos del vino. El pintor plasma lo que les sucede a los que, al contrario que el santo, se han visto arrastrados por el pecado de la gula en lugar de por la virtud, como el personaje que está vomitando y el que yace en el suelo sin conocimiento sobre sus vómitos, los dos hombres peleándose o la mujer que ofrece vino a su bebé.
En las composiciones de Pieter Bruegel el Viejo, lo mismo que en El Bosco, hay una censura muy extendida en esta época hacia los campesinos, bebedores y borrachos, y hacia los mendigos, que también se aprecia en esta obra3. En un momento clave en la Reforma, cuyas ideas Bruegel compartía, se refleja aquí en cierto modo el problema que planteaba el culto a los santos y la eficacia de las buenas obras, siendo la caridad de san Martín uno de sus mejores ejemplos. Muy probablemente sea también necesario sumar a estas ideas la sátira que hizo Erasmo de Rotterdam de las fiestas de los santos, en las que la gula se convertía en el primero de los pecados capitales.
En este sentido existe cierto paralelismo iconográfico entre esta composición de Bruegel y la tabla central del Carro de heno de El Bosco del Museo del Prado de hacia 1516, aunque en esta última obra la representación tiene un carácter simbólico y alegórico. La obra de Bruegel se encuentra siempre anclada en la realidad de su tiempo.
Vía: Web de El prado







