Llega para mí uno de los DÍAS más especiales del año. Es el día de los Sueños, de las Sonrisas, de la Ilusión, y sobre todo, es el día de la Inocencia. Es el día en que te puedes permitir el “lujo” de volver a ser niño.
Tengo 33 años, ante la sociedad soy una adulto, y lo soy. Y el trabajo y demás responsabilidades de cada etapa de la vida me lo recuerdan en todo momento. Pero una cosa tengo clara, y es que Jamás callaré y mataré a la niña, no que llevo dentro, sino que soy.
Y esa niña, estará mañana 5 de enero nerviosa a la espera de la llegada de la Estrella de Hielo, con los ojos iluminados por las luces, con la boca abierta al paso de los elefantes, con los dragones que echan humo, payasos, arlequines, los zancudos y los paticortos, saludando a blancanieves, al gato con botas y a la bella durmiente. Estará esperando con mariposas en el estómago (como dicen los ingleses) a ver ese primer camello que le indique que YÁ están aquí, y la carne de gallina se le pondrá en cuanto vea a los pajes. Pero ese momento, ese momento en que sus ojos divisen a SU REY no lo cambia ni por 2008 nocheviejas juntas.
Es el momento en que ve en él reflejado todos sus Sueños, ve reflejado la Ilusión, y lo más importante, los Recuerdos. Esos recuerdos que le trasladan a cuando de pequeña, junto con sus otras tres hermanas, y de la mano de su madre, contemplaba las luces de navidad. Recuerdos de lo que sentía el día que decidía redactar “la carta” para echarla en el buzón, de cómo esa misma noche, al finalizar la cabalgata, regresaba a casa y se encargaba de poner los dulces para Sus Majestades y el agua para sus camellos. Y cada uno ponía sus zapatos cerca de la chimenea en el salón, entonces, llegaba el momento de dormir, ese día era más complicado que los demás, aunque había una razón de peso para hacerlo, pero ese mismo argumento era la causa de que el sueño tardara en llegar. Pero cuando menos te lo esperabas, habías sucumbido a su poder.
No había amanecido cuando un eco de pisadas se escuchaba, adormecida todavía, los sonidos de pies descalzos bajando por las escaleras eran la señal que necesitaba para de la cama salir de un salto. <<¡que ya han llegado!>>, se oía decir a mi madre, <<venga, todos al salón>>. El más dormilón, mi padre, al que había que llamar varias veces para que bajara a la entrada de casa donde los demás esperábamos, ansiosos por abrir la puerta del salón. A través de los cristales se podía entrever algo, entonces, mi madre bajaba el picaporte y, la puerta se abría, las luces del salón se encendían y una tremenda exclamación salía de nuestras bocas. Regalos y más regalos, en el suelo, en el sofá, en la chimenea…
Todos corríamos, y buscábamos como locos nuestro nombre en los paquetes. Papeles y más papeles bañaban el suelo, cada uno emocionado enseñando su regalo a los demás, y todo a la vez, todos menos mi madre que se quedaba mirándonos, observándonos, disfrutando de ese momento.
Siempre es la última en abrir los suyos, pero no le importa, lo que no se perdería nunca sería el vernos sonreir.

¿Cómo acabamos?, siempre con un chocolate calentito, recién hecho por mi padre, nuestro Roscón de Reyes y hablando y hablando con mi madre en el salón rodeadas de envoltorios, de cajas, pompones y lazos, y por supuesto, de los regalos.
Ahora vuelve de nuevo ese Día Especial, y lo único que quiero es seguir disfrutando de ese día como cuando era niña. Tener la Ilusión de llegar a casa y mirar cerca de la chimenea, allí, donde dejé mis zapatos…
Seamos Niños…
Web oficial ayuntamiento Madrid
Recorrido de la cabalgata de Reyes Madrid 2008









